domingo, 28 de marzo de 2010

Liturgia de semana santa

Hemos llegado ya a la última semana de la sagrada temporada de Cuaresma: Semana Santa, llamada así porque conmemora los hechos más sagrados en la historia de toda la humanidad: la Pasión, Muerte, y Resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Y ahora más que nunca se nos manifiesta en la sagrada liturgia el principio lex orandi, lex credendi (la ley de la oración es la ley de la creencia). Para sacar el mayor provecho espiritual de este tiempo sagrado, debemos meditar brevemente sobre algunas de las principales ceremonias litúrgicas en que el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia católica, rinde el supremo culto de adoración a su divino Salvador.

Domingo de Ramos

Este Domingo de Ramos la liturgia nos lleva en espíritu a Jerusalén, donde Jesucristo entra triunfante a la ciudad santa mientras las gentes entusiásticamente dejan palmas en su camino y exclaman con júbilo: «Hosana al Hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor.» Este título, «Hijo de David,» se usaba solo en alusión al Mesías, por lo que en este día toda Jerusalén reconoce a nuestro Señor como el Prometido. Antes de iniciar el santo sacrificio de la misa, el sacerdote, vestido con estola y casulla roja, bendice los ramos y los distribuye a la congregación. Acto seguido, se canta el santo Evangelio segun san Mateo, el cual narra los acontecimientos del primer Domingo de Ramos. Cuando la procesión concluye, el sacerdote se cambia a vestimentas moradas y comienza la santa misa. Este cambio repentino y sombrío del color de sus vestimentas nos recuerda cuán rápidamente el pueblo escogido cambió de opinión en el curso de una semana. De los alegres hosanas, que gritaban el Domingo de Ramos, en solo cinco días pasaron a exclamar: «¡Quítale de nuestra vista, crucifícale... No tenemos más rey que el César!» ¡Qué espectáculo tan trágico!

Miércoles Santo

La sagrada Liturgia del Jueves Santo tiene una doble celebración. Por la mañana, el obispo celebra la misa del santo Crisma, en la cual se bendicen los tres óleos sagrados que se utilizan en la administración de los sacramentos. Estos tres santos óleos son el santo Crisma (usado en el sacramento del bautismo y la Confirmación, y también en la consagración de obispos, cálices e iglesias), el óleo de los catecúmenos (se usa en los sacramentos del bautismo y del orden sagrado) y el óleo de los enfermos (se utiliza en la extremaunción). Estos óleos se bendicen durante la santa misa para manifestar su carácter sagrado. Antes de concluir el Canon, el obispo purifica sus dedos que acaban de consagrar la sagrada Hostia, adora profundamente a nuestro Señor presente en el altar, y baja al centro del santuario donde se halla preparada una mesa especial para estas bendiciones.

Jueves Santo

Se celebra una sola misa, porque fue el día del Jueves Santo hace veinte siglos, que nuestro divino Salvador instituyó el sacramento de su amor, la Santa Eucaristía. Durante la santa misa, al entonar el Gloria, se tocan las campanas para honrar el santo sacrificio de la misa, la Santa Eucaristía y el santo sacerdocio. Al concluir el Gloria, se dejarán de tocar las campanas hasta el Gloria de Pascua; Este detalle sombrío nos recuerda que nuestro amado Jesús fue entregado «a manos de pecadores» después de la Última Cena, tal como lo había predicho. Y como la traición se realizó por el traicionero beso de Judas, se omiten el beso de la paz para recordarnos el insulto que ofreció uno de los mismos apóstoles a nuestro Señor.

El lavatorio de los pies es algo único en la liturgia del Jueves Santo. En conmemoración de la gran humildad y caridad de nuestro Señor para con sus apóstoles, el sacerdote, después del sermón, habiéndose quitado la casulla y el manípulo, comienza el lavatorio de los pies de doce hombres que representan a los doce apóstoles. Durante la ablución de los pies, el coro canta una serie de antífonas tomadas de las exhortaciones de nuestro Señor a sus apóstoles durante la Última Cena de se amaran los unos a los otros como él los había amado.

Mientras recordamos que nuestro Señor lavó los pies de los apóstoles, nos damos cuenta de que la caridad es la señal por la cual todos los hombres han de reconocer a sus discípulos: «Por esto sabrán todos los hombres que son mis discípulos, que se amen unos a otros.» En nuestros tiempos, cuando el mundo se esfuerza por alcanzar la paz, cuando hay tanta inmoralidad y crimen, cuando la caridad se enfría (desafortunadamente, aun entre quienes se dicen católicos), la amorosa exhortación de nuestro Señor resuena en nuestras mentes y corazones para que practiquemos la más grande de todas las virtudes: la Caridad.

Al terminar la santa misa, nuestro Rey eucarístico es llevado al Monumento, donde será adorado durante el resto de la noche. El altar mayor es despojado de todo adorno para recordar que nuestro Señor también será despojado de sus vestiduras, mofado y escupido por los crueles soldados. Cuando se participa de la sagrada Liturgia no quede uno más que quedar impresionado por la belleza y riqueza de los hechos que significados. Es muy importante que se expliquen estos actos litúrgicos, para que alberguen en sus mentes estas santas impresiones.

Viernes Santo:

La liturgia del Viernes Santo tiene todos los tonos de tristeza y luto que se pueden tener este día cuando Jesucristo «por nosotros los hombres y por nuestra salvación... fue crucificado, muerto y sepultado.» El Viernes Santo tiene cinco aspectos particulares: el canto de las lecturas del Antiguo Testamento (que nos recuerda de la Pascua y la liberación judía de la esclavitud de los egipcios); la lectura de la Pasión según san Juan; la exposición y adoración de la cruz (“¡He aquí el madero de la cruz, de donde pende la Salvación del mundo!”), las solemnes oraciones (donde se reza por nuestra santa madre la Iglesia, por el clero y los fieles, por los jefes de estado, por la conversión de los judíos, herejes cismáticos y paganos) y la recepción de nuestro divino Redentor en la sagrada comunión. Después de la sagrada comunión, los cirios del altar se apagan, los pocos objetos que se usaron en la liturgia también se retiran del altar y la iglesia queda fría y vacía. Cuando salimos de la iglesia el Viernes Santo, habiendo sido quitado de su lugar el Santísimo y habiendo quedado el altar sin adorno alguno, realmente nos sentimos vacíos, los mismos sentimientos que experimentaron las mujeres santas y los apóstoles cuando Jesucristo fue crucificado y después sepultado en aquel Viernes Santo.

Cabe destacar que el vía crucis que se acostumbra representar este día, no pertenece a la liturgia, sino que es una tradición que se fue transmitiendo a través del tiempo en la iglesia.

Vigilia pascual y misa de medianoche

La liturgia de Semana Santa culmina con las ceremonias de la vigilia pascual y la misa de medianoche. Pues, de una manera maravillosa estas ceremonias significan la inestimable obra de Jesucristo en la Redención de la humanidad y el tremendo privilegio nuestro de ser hijos de Dios por medio del bautismo. Las ceremonias comienzan por la noche afuera de la iglesia con la bendición del fuego nuevo y del cirio pascual, que también significa dos cosas: primero, la presencia de Dios en el pilar del fuego que guió al pueblo elegido por el desierto; en segundo lugar, a Cristo, la luz del mundo, cuya vida y enseñanzas disipan las tinieblas espirituales en que se encuentra la humanidad. Se lleva el cirio pascual en procesión a la iglesia y tres veces dice lumen Christi, la luz de Cristo. Esto simboliza cómo Cristo, la Luz del mundo, primero iluminó a sus apóstoles y discípulos, y, por medio de ellos, al mundo entero.

Se cantan las alabanzas de nuestro divino Redentor en el esplendor de un glorioso prefacio, que cuenta la caída de nuestros primeros padres, Adán y Eva, y el infinito amor de Dios de enviar su Hijo Unigénito, el cual derramó su sangre por nuestra Redención. Este Prefacio nos manifiesta la hermosa relación entre el sacrificio del cordero pascual del Antiguo Testamento, cuya sangre pintó en los postes de las puertas de los israelitas el día de su liberación de Egipto, y el verdadero sacrificio de Jesucristo en la cruz, por el cual derramó su Sangre por nuestra Redención.

Siguen las lecturas donde se narra la creación del mundo y del hombre, el cruce del Mar Rojo por los israelitas y su viaje a la Tierra Prometida. Una vez terminadas las lecturas, se entonan las letanías de los santos, donde invocamos la intercesión de todos los coros angélicos y de la corte celestial. Casi en la mitad de estas invocaciones hay una interrupción para bendecir el agua bendita de Pascua y, en particular, el agua bautismal para el sacramento de la Regeneración.

Terminada la bendición del agua bautismal, sigue la renovación de las promesas bautismales. Habiendo renunciado a satanás, sus pompas y obras, profesamos nuestra firme creencia en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra; y en Jesucristo, el Hijo de Dios, que se Encarnó, padeció y murió por nosotros; y en el Espíritu Santo y en la santa Iglesia católica.

Después de hacer esta renovación, el sacerdote nos rocía con el agua bendita de Pascua para recordarnos de nuestro bautismo, por el cual nos hicimos hijos de Dios y herederos del cielo.

Mientras se concluye la letanía de los santos, el sacerdote se prepara para la santa misa. En la misa se entonará el Gloria, las campanas se tocarán y se descubrirá la imagen de nuestro Salvador resucitado. Es imposible tratar de explicar el sentimiento de gozo que experimentamos en este momento. Ya que en la liturgia experimentamos, de la manera más expresiva, la gloriosa Resurrección de nuestro Salvador Jesucristo. El cambio súbito en la iglesia de la apariencia triste de las telas moradas que cubren las estatuas y del altar vacío, al toque de las campanas, el exultante canto del Gloria, el descubrimiento de las imágenes de nuestro Salvador Resucitado y de sus santos: todas estas cosas nos dan la mejor experiencia posible de la gloriosa Resurrección de nuestro Señor.

Espero que todos los fieles puedan asistir a las ceremonias sagradas para obtener abundante fruto de ellas, y así como nos exhorta san Pablo, resuciten a una nueva vida espiritual en Cristo.